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jueves, 11 de noviembre de 2010

La caja de recuerdos: Diego y el narcotráfico

Muchísimas gracias a todos los que me escribieron por mi post anterior, en el blog y en la casilla palabras tan tiernas y alentadoras, me hicieron muy bien al alma, de verdad, gracias a todos!
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Hace mucho que me puse a pensar que quería contar esto, quizás acá empezó mi manía de pensar que todos los hombres son iguales, o que son uno peor que el otro, o que simplemente, me involucro con personas que son justamente todo lo que yo, no busco.


Él entro en mi curso cuando estábamos en tercer grado. Apenas nueve añitos tenía ese chico me enamoró por completo, que me hacía escribir "D y P" en cualquier espacio blanco de mi cuaderno, el marco de la puerta, la primera y última tapa del libro de lengua... Él tenía problemas, andaba jodido de salud, que hacían que la maestra llame a la ambulancia de Cardiosur una vez por semana.

La vez que casi llaman a una ambulancia por mí, fue cuando me enteré de que mi mejor amiga en ese entonces, Wendy, se puso de "novia" con Dieguito. Estuvieron juntitos fines de quinto, cuando ella se cambió a otra primaria y no la volví a ver hasta recién el año pasado. Mientras yo, deshojaba margaritas con la mirada perdida repitiéndome como loro "No me quiere, no me quiere, no me quiere", empezaba a borrar todo rastro de mis escrituras "D y P" por todo el colegio. Pero yo en el fondo sabía, intuía que él me miraba distinto. Que no la miraba de la misma forma que a ella, él siempre buscaba la manera de sentarse conmigo cuando ella faltaba, y cuando no también. De pedirme un lápiz prestado o el sacapuntas, aunque él tuviera dos en su cartuchera llena.



Ya en séptimo grado, con apenas 12 años, sentía que había sufrido un desamor eterno, y que todavía sangraba por dentro, cuando inesperadamente, en la hora de la señorita Adelaida, me mandó un papelito que decía, "te quiero". Yo no sabía si reír o llorar, si mirarlo o qué, simplemente escribía más fuerte y tallaba la superficie de mi banco con las letras "D y P", hasta dejar esa mesa totalmente inutilizable. Cartitas van, cartitas vienen, y con un poco de ayuda de mi amiga Micaela, me había convertido en la flamante novia de Dieguito, el chico por las que todas morían. 

En el fondo, yo sabía que él no andaba en cosas buenas, pero el cariño inmenso y ese amor inocente que le tenía, me hacía olvidarme por completo que andaba con un drogadicto, y que para colmo, secretamente andaba con la pelirroja de "Manzanita", apodo que le pusimos porque siempre estaba horripilantemente vestida de verde manzana. 

Pero un día, en una de las últimas horas, lo veía como perturbado, molesto, enojado y al mismo tiempo con miedo. Como estaba peleada con él al enterarme de sus amoríos clandestinos con Manzanita, me enteré por Micaela, que a su hermano lo habían metido preso por problemas con un narcotraficante. Yo a esa edad me volvía sola del colegio y sentí que unos 2 tipos me estaban siguiendo, automáticamente entré en un supermercado y me metí entre las góndolas para perderlos de vista, y así volver a casa sana y salva y que no sepan en dónde vivía. Esos mismos tipos, fueron exactamente los mismos que me siguieron un par de días después.

Diego, me explicó que lo buscaban a él y a otro hermano más y se ve que nos vieron juntos muchas veces, o me querían sacar información o valla a saber uno qué. No quise saber nada de él, ni le volví a hablar hasta que me cambié de colegio. Y no lo volví a ver hasta hace unos años, arruinadísimo y desastrosamente desalineado, actuando de la misma forma que yo, haciendo de cuenta que no nos conocíamos.




Con 12 añitos, sabía aunque sea un poquito, mi primer amor me había echo sentir lo que era que te metieran los cuernos, el dar y no recibir nada a cambio, y que le importe tres carajos que tu vida esté en riesgo por su culpa.